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En estas fechas tan señaladas, y estando ya tan cerca el bicentenario de Charles Darwin, se me han ocurrido unas reflexiones sobre cuál es el mejor uso que podemos darle al término 'creacionismo'.
La palabra 'creacionismo' está formada por el vocablo 'creación' más el sufijo 'ismo', que significa doctrina. Por tanto, lo lógico es denominar creacionismo a la 'doctrina de la creación divina del universo'. Ahora bien, como no todos los que aceptan una creación divina niegan el hecho evolutivo, debemos diferenciar entre 'creacionismo anti-evolución' (el defendido hoy por el movimiento del Diseño Inteligente o en el pasado por la jerarquía católica) y 'creacionismo pro-evolución' (el defendido actualmente por la jerarquía católica o en el siglo XVIII por el biólogo Lamarck).
Designar con el término 'creacionismo' únicamente las doctrinas de la creación incompatibles con el hecho evolutivo resulta desaconsejable por dos motivos: primero, porque resalta una característica de los creyentes antievolucionistas -su fe en la creación divina- pero enmascara la característica principal -su oposición al hecho evolutivo-; y segundo, porque el enmascaramiento citado induce al error de pensar que todo creyente en una deidad creadora se opondrá al hecho evolutivo.
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